21 de mayo de 2012

La banda sonora de mi vida

El amigo Gibb, en sus tiempos mozos.
No pondré fotos de él en sus últimos años. DEP.
Después de una noche de vientos huracanados y un diluvio que ha conseguido despertarme varias veces (no, no exagero, vaya porquería de primavera nos ha tocado), ha salido el sol, el viento se ha quedado y se han ido las ganas de disfrutar del día con un buen paseo o cualquier cosa que no sea quedarse encerrada en casa. Total, que el día amaneció triste y no mejoró al enterarme de que tras varias semanas de coma, ayer falleció Robin Gibb, inconfundible cantante de los Bee Gees. Llevamos una racha un poco desagradable, entre Donna Summer hace pocos días, Whitney Houston (sólo oír unas notas me pone los pelos como escarpia), Michael Jackson (un genio), Amy Winehouse (nunca he escuchado algo tan sobrecogedor como Back to Black), Luciano Pavarotti, Barry White (sigo diciendo que el mundo es un poco más desagradable desde que se apagó su voz) y un largo etcétera de cantantes que han dejado su huella en mi vida, poniéndole banda sonora propia.


Tony Manero y su pose de... éso...
de Tony Manero
He echado la vista atrás, recordando algunos intentos fallidos de cantar con dignidad Stayin' Alive (el tío era el dios del falsete, al César lo que es el César). Un trayecto en coche con mi mejor amiga chillando como gatos atropellados, a ritmo de disco, con las ventanillas bajadas y la gente mirándonos como si fuéramos extraterrestres. Un baile pegadito con algún chaval que ya no recuerdo al son de How Deep is Your love. Alguna que otra lágrima derramada sobre I Started a Joke o Massachussetts. Y bailes imposibles, rayando la parodia, poniendo a prueba con algunos cómplices de juerga nuestro sentido del ridículo, emulando a Tony Manero.

¡Qué pintas!
Supongo que nos pasa a todos, pues la música (y el baile) son parte fundamental en cualquier cultura, sea cual sea su nivel de desarrollo. Siempre hay alguna canción que nos vuelve nostálgicos, nos recuerda personas que ya no están, nos hace revivir la herida de un amor traicionado; o al contrario nos arranca una sonrisa, un tarareo, o nos devuelve por un corto instante a un momento de felicidad que pensábamos olvidado. Ésta es la magia de la música. Para mí, los recuerdos que evoca Proust con su magdalena son los que me producen cuatro notas, a veces enterradas bajo años de vivencias, que a poco que suenen vuelven a mi memoria con una fuerza y una nitidez que me sorprenden a menudo, como con La Bohème, de Charles Aznavour.

Ya lo dije cuando falleció Michael Jackson: se ha muerto parte de mi vida. A ver, no en sentido literal, pero sí me quedé con la sensación de que ya no sería lo mismo. Lo sé, es una estupidez, pero es así, crecí oyendo canciones de este pobre diablo, y la verdad es que le echo de menos independientemente de lo que haya hecho con su vida. A lo largo de los años, como todos, he ido recopilando una serie de canciones, esas mismas que procuro tener en mi móvil o en mi ordenador, a mi vera, para poder escucharlas y tener acceso a estos pequeños reflejos de mi existencia. De cuando vivía en Bélgica, de cuando éramos una familia feliz, de estancias en Paris, de vacaciones en España, de mis tiempos en el coro del instituto, de mi primer amor, del segundo, del tercero que se fue en un soplo, de mi mudanza a España, del cuarto imbécil que pasó por mi vida, de amigos perdidos, del hombre de mi vida, de amigos ganados, de recuerdos de treinta y cinco años de vida, que dan para mucho, amigos.

Iremos dejando atrás cantantes y grupos que nos han marcado, sin los que "no podríamos seguir adelante". Reiremos, lloraremos, perderemos y ganaremos, pues así es la vida. ¿Lo mejor de todo? ¡La cantidad de canciones nuevas que nos acompañarán a lo largo del camino!

Adieux!
Donna Summer, Amy Winehouse, Whitney Houston, Michael Jackson, Luciano Pavarotti & Barry White