18 de agosto de 2011

¿Quienes son nuestros vecinos?

Salvo si vivimos en lo alto de una montaña, con la única compañía de los animalitos que por allí viven (que también darán de sí, estoy segura), estamos rodeados de vecinos.

El de arriba, el de abajo, el del piso de al lado, el de la casa naranja, etc. Normal, puesto que vivimos en una sociedad llena de gente y con cada vez menos metros cuadrados para poner el huevo.

Los hay de muchos tipos, de hecho estoy convencida que habría para escribir un diccionario en varios tomos. Está la tía buena, el tío macizo, la vieja harpía, el viejo verde, el funcionario ese que no curra, el policía que-mira-qué-bien-que-tengamos-uno-a-mano (a mí me parece más útil un médico, pero en fin), la beata, la cotilla, la de los niños pesados, el que mueve los muebles a las cuatro de la mañana (éste, invariablemente, suele vivir encima nuestra; no falla), el que siempre hace obras el fin de semana (no miro a nadie), etc.

Y luego está el psicópata, el maltratador, el pederasta, el violador, el asesino o, simplemente, el loco.

Estos últimos suelen ser "personas muy normales", a decir de su vecindario, hasta que salen en portada del periódico porque la han liado.

De allí que me pregunte quiénes son mis vecinos.

Ahora mismo escucho los niños del de al lado, tirándose una y otra vez a la piscina, con gran alboroto; asimismo me llegan trozos de conversaciones de los adultos que, espero, los están vigilando (no quiero salir en la tele diciendo a algún periodista que qué lástima de accidentes). El perro del otro vecino se desgañita a gusto, angelico mío, así lleva todo el día y parte de la noche anterior. Ya mismo se escuchará a su amo berrear algún improperio para que se calle. Gracias a Dios los obreros del de la calle de en medio no curran por la tarde y ya no se escucha esa horrible sinfonía de martillazos, radiales y no sé qué más dando la lata desde las ocho de la mañana. En fin, molestias comunes de vivir rodeados de seres humanos, a los que probablemente yo también moleste cuando hago barbacoa, pongo la radio en el jardín, o a mi perra le da por amenizar las largas y calurosas tardes de verano con sus bellos alaridos de soprano perruno.

Pero detrás de esta fachada de aparente normalidad, de casi hipocresía vecinal (apenas nos saludamos pero a la primera ocasión nos llevamos a juicio por cualquier chorrada), de coches yendo y viniendo y de viajes a los contenedores de basura con el chucho tirando de la correa, no sabemos nada los unos de los otros.

Y eso queda patente cada vez que ocurre alguna desgracia, y los barrios o las urbanizaciones se convierten en campo de guerra para la prensa sensacionalista. Allí es cuando los vecinos tenemos nuestro minuto de gloria, lamentablemente. Me he ido dando cuenta de que la mayoría de congéneres dicen lo mismo: "no, si parecía una persona muy normal", "una familia ejemplar", "un padre abnegado", "no se veía nada raro", y cosas por el estilo. Muy raramente, salvo que el tema clamara al cielo, se escucha que tal pederasta era un mal bicho, o que todos supieran que el tipo ese molía a palos a su mujer e hijos, o que estaba claro que el espécimen de turno era un psicópata asesino de viejas. Quizá porque, en el fondo o más cerca de la superficie, algo intuíamos y no nos gusta que nos pillen en un renuncio.

Luego llegan los programas de televisión con sus contertulios bravos, demagogos y muy decentes, más que dispuestos a ponernos en nuestro sitio, que se ofuscan porque nadie dijo ni mu, ni denunció, ni hizo nada al fin y al cabo. Pues me gustaría saber qué harían ellos si se encontraran en las mismas circunstancias que juzgan tan alegremente.

Muy posiblemente algún vecino mío maltrate a su mujer. No lo sé, pues no he presenciado aún nada por el estilo. Casi seguro que tengo uno o varios pederastas por aquí cerca, pero no tengo ninguna certeza de ello (aunque me encantaría saber dónde viven, mira tú). Es estadístico: es del todo imposible que no tengamos alguna escoria en nuestro entorno más o menos cercano. Pero no sé que haría si me encontrara en la tesitura de tener que denunciar (de forma anónima, vayamos a leches) a alguna persona por algún delito "desagradable". Cuando se ha liado la marimorena, a todos se nos llena la boca de buenas intenciones, todos nos hacemos el héroe, nos enorgullecemos de que seríamos capaces de defender a quien fuera de quien fuera, pero a la hora de la verdad, me permitiréis que dude de nuestro valiente comportamiento o, por lo menos, del mío...

Y es que no sólo no sabemos quiénes son nuestros vecinos, sino que creo que ni siquiera sabemos quienes somos...